(Segunda quincena de noviembre del año
1470)

El
vago murmullo de cencerros y esquilas, fue tomando fuerza, convierténdose ahora
en un ruido de fondo continuo, unido al balido de las más de mil quinientas
cabezas entre ovejas y carneros, que empezaban a cruzar el cerro Vaciatrojes
por la cañada Leonesa Oriental, dejando a su lado derecho la villa de Alcolea,
en dirección a las tierras de Extremadura, donde pasarían el invierno pastando
en sus innumerables dehesas y pastizales.

El
Alcalde Mayor, nombrado por el Honrado Concejo de la Mesta, subió a la torre más
cercana de las dos que coronaban el flamante puente de piedra que el Arzobispo
Pedro Tenorio, mandara construir un siglo atrás. Desde ese privilegiado mirador
se deleitó con el espectáculo del avance lento pero inexorable del inmenso
rebaño que iba inundando el paisaje. Miró al sol, ya cercano al horizonte
salpicado de olivares y encinas. En dos horas se haría de noche y el rebaño
tendría que estar ya cercado por las redes que cargaban las dos mulas y los
tres burros zamoranos que precedían al ganado.

El
mayoral, junto con uno de los pastores y Mateo el zagal, que era quien se
encargaba de las caballerías, extendieron las largas redes en el descansadero
que había antes de llegar a las primeras casas de este recién nacido pueblo que
tomaba el nombre del formidable puente de piedra. Clavaron estacas de madera, a
las cuales sujetaron las redes, otras se ataban directamente a los álamos de la
alameda que bordeaba el arroyo hasta el río. El ganado fue entrando al redil
pausadamente, cuando todos estuvieron dentro, el pastor cerró el recinto de
red, mientras el mayoral inspeccionaba con una rápida mirada al ganado.

Entre
todos descargaron las caballerías que una vez libres de su carga se revolcaban
en el fino polvo que las miles de pezuñas habían triturado a su paso. El mayoral,
tras dar unas breves instrucciones a los pastores, se dirigió al puente para
solicitar el paso del ganado al día siguiente, tenía que ponerse en contacto
con las personas encargadas de contar el ganado y cobrar según fueran: borros,
moruecos, ovejas o carneros. Mientras tanto, los pastores y Mateo el zagal,
acomodaron un lugar bajo los álamos y con unas mantas de lana y las de las
caballerías hicieron un rústico habitáculo donde poder guarecerse del frío que
ya en esas fechas era habitual por las noches. Sabían que se habían retrasado,
este año sería el último rebaño en pasar el puente, y como ya venía siendo
tradición, los chozos de ramas que iban acondicionando los pastores que hacían
noche allí, esperando “pasar”, arderían esa noche para dar con su calor un último
servicio a estos hombres trashumantes que tenían como casa las cañadas,
cordeles, descansaderos, abrevaderos, pastizales y agostaderos.

El
pastor más viejo, con un preciso giro de muñeca hizo que el pedernal chispeara
prendiendo el pasto seco que recubría la estructura de ramas del chozo, que
había servido de cobijo a todos los que ese año, como él, conducían ganado
hacia el sur, alejándose de las sierras altas para evitar las duras nevadas del
invierno. La oscuridad de la noche, ya total, se vio rota por el resplandor de
las llamas que rápidamente envolvieron el chozo, mordiendo su leñoso cuerpo
hasta, tras un breve balanceo, hacerle desplomarse formando una inmensa
hoguera. El resplandor no pasó inadvertido a las gentes del pujante pueblo,
avisados por los niños que a pesar del frío jugaban en las calles, gritando
¡Están quemando los chozos, los pastores están quemando los chozos!

Poco
a poco fueron llegando algunos vecinos, conocidos de los pastores de años
anteriores, algunos iban a pedir brasas para llenar los braseros, otros iban
solo a hablar con los pastores, algunos simplemente a disfrutar del calor de la
lumbre y los que más a buscar noticias y novedades de otras tierras que estos
hombres iban esparciendo a su paso. Los niños, iban buscando al zagal, que como
en los dos años anteriores que llevaba pasando por allí, se había molestado
cuando cruzaron la Sierra de Gredos en llenar unas alforjas de castañas, fruto
apenas conocido en aquel pueblo y que los niños asaban, junto con bellotas dulces
en las brasas que quedarían cuando se agotara esa lumbre. La tertulia se empezó
a animar cuando Mateo sacó las castañas de las alforjas y se puso a
repartirlas, Alfonso el porquero trajo una buena talega de bellotas dulces
recogidas mientras pastaban los guarros petrenes en la montanera, Baltasar el
pescador quiso contribuir con un par de
barbos pescados esa misma tarde. Paulino el maestro cantero encargado de la
construcción y de la conservación de los molinos del río, quería saber algo de
su tierra, pues cántabro de origen vino hacia el sur buscando trabajo en las
tierras reconquistadas por los cristianos hasta quedarse en este pueblo
ribereño del Tajo. Julio el alfarero trajo un botijo como presente. También se
sumó a la reunión
Hernando, miembro de la Hermandad Vieja de
Talavera que al día siguiente formaría parte de una cuadrilla de seis
ballesteros y así dar escolta a ganado y hombres para protegerlos de los
continuados asaltos de los malsines, golfines o del mismísimo bandolero Pedro
Sánchez Guerrero, del cual se tenían noticias que asaltaba a los caminantes en
las cercanías de arrebatacapas. El mayoral cuando regresó acompañado del
alguacil que mañana les contaría el
rebaño y les daría autorización para pasar por el puente, vio esa reunión
variopinta y quiso contribuir al corro dando autorización a los pastores para
destazar una oveja, que a pesar de los cinco mastines que custodiaban el
rebaño, había sido mordida por los lobos en los sotos del guadyerbas. También
se acercó Ismael el judío, según los otros vecinos “al olor del dinero” según
él a ofrecer sus servicios y dinero al mayoral a cambio de unos intereses
razonables.

Apenas
quedaban brasas, que se iban extinguiendo convirtiéndose en cenizas, en breve
amanecería, el mayoral se levantó y tras mirar los bultos que arropados a
gruesas mantas rodeaban la extinta hoguera, dio una voz y mientras el improvisado
campamento cobraba actividad pensó que se sentía orgulloso, de él, de sus
pastores, del zagal, de sus perros, del ganado a su cargo, y sobre todo se
sintió agradecido con aquel pueblo que les acogía con entusiasmo cada vez que
pasaban aquel majestuoso puente de piedra. Miró hacia las casas que se
agrupaban hacia el río, y tapándose la cara para disimular una lágrima pensó:
Hasta la vuelta, hasta San Juan.

Sixto
de la Llave Casillas

NOTA.- aunque los personajes
son ficticios, el entorno social, los cargos y oficios tanto públicos como
privados, el nombre del bandolero, así como los topónimos son reales.

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